Hablemos de mineralismo, II

El joven Keternen, ya antes de serlo, había asumido sin demasiado esfuerzo su natural flemático, por eso pudo albergar la fiebre romántica de la adolescencia con franca hospitalidad, como se acepta una convalecencia. La flema y el humor melancólico lo protegían del colérico, a todas luces pasajero, así que se embarcó aguerrido en falucho de bandera revolucionaria. Con estas miras leyó todo lo que su parco criterio y un buen maestro le recomendaban. Hasta que gracias a éste, aunque con la extraña intuición de aquél, Keternen se enredó en la lectura de un librito de Baroja, Juventud, egolatría, de 1917. Años después, piensa que este libro, en el que se hermanan en grado sumo crítica y escepticismo, aún lo mantiene en aquel barco de bandera roja, a la deriva, convaleciente.


El crítico literario (el que ejerce la crítica partisana, inmediata, periodística o como la quiera llamar la crítica académica) no conoce vocación ni universidad que lo certifiquen o lo avalen; tampoco sus lectores constarán en censo alguno. Y aun así, sin recordar el puerto de partida ni esperar el de llegada, hablar de mineralismo constituye para él un imperativo moral ineludible. Los dos textos de Baroja (“el hombre malo de Itzea”, le llamaban los niños de Vera de Bidasoa) que siguen son muestra de que el escepticismo y la crítica no sólo no se excluyen, sino que de algún modo se necesitan; y que juntos provocan –con perdón– algo parecido a la ternura.




LA MALDAD HUMANA Y EL CHINO DE ROUSSEAU

Yo no creo en la gran maldad humana, tampoco creo en la gran bondad, ni en que podamos colocar las cuestiones de la vida más allá del bien y del mal. […] Nietzsche, alto poeta y psicólogo extraordinario, creía que podríamos dar este salto marchando sobre el trampolín del más allá del bien y del mal. Ni con este trampolín, ni con ningún otro, escaparemos de ese norte sur de nuestra vida moral.
Nietzsche, salido del pesimismo más fiero, es en el fondo un hombre bueno; en esto es el polo opuesto de Rousseau, quien, a pesar de hablar siempre de la virtud, de los corazones sensibles, de la sublimidad del espíritu, resulta un ser bajo y vil.
El filántropo de Ginebra, de cuando en cuando, descubre la oreja: "Si bastara –dice– para llegar a ser el rico heredero de un hombre a quien no se hubiera visto jamás, de quien no se hubiera oído hablar jamás y que habitara el rincón más lejano de la China, el apretar un botón para hacerle morir, ¿quién de nosotros no apretaría ese botón?".

Rousseau cree que todos apretaríamos el botón y se engaña, porque la mayoría de los hombres verdaderamente civilizados no lo haríamos. Esto no quiere decir, para mí, que el hombre sea bueno; quiere decir que Rousseau, en su entusiasmo como en su hostilidad por el hombre, tiene poca puntería. La maldad del hombre no esa maldad activa, teatral e interesada, sino la maldad pasiva, torpe, que nace del animal humano, una maldad que casi no es maldad.

LA RAÍZ DE LA MALDAD DESINTERESADA


Decid a un hombre que su amigo íntimo ha tenido una gran desgracia. Su primer movimiento es de alegría. Él mismo no lo nota claramente, él mismo no lo sabe; sin embargo, el fondo es de satisfacción. Ese hombre podrá poner al servicio de su amigo su fortuna, si la tiene, y su vida; todo esto no impedirá que su primer movimiento de conciencia al saber la desgracia de una persona querida haya sido un movimiento turbio, muy próximo al placer.
Este sentimiento de maldad desinteresada se observa en las relaciones de los padres con los hijos, de los maridos con sus mujeres. A veces no es sólo desinteresada, sino contrainteresada.
[…]
¿De dónde nace este fondo de maldad desinteresada que tiene el hombre? Probablemente, es un residuo ancestral. El hombre es un lobo para el hombre, como dijo Plauto y repetía Hobbes.



En la literatura apenas se ha podido dar este fondo humano de la maldad desinteresada […] Shakespeare, en Otelo –drama que siempre me ha parecido falso y absurdo– señala la maldad desinteresada de Yago, y le presta un carácter de actividad y de acción que no es el del hombre normal, y para legitimarlo ante el público le da además un motivo: le hace enamorado de Desdémona.
[…]
La otra maldad maldad sin objeto de los pasos turbios de la personalidad, esa maldad inactiva, incapaz, no ya de esgrimir un puñal, sino ni aun siquiera de escribir un anónimo, Dostoievski solamente ha podido revelarla, al mismo tiempo que la bondad inerte, que queda adherida al alma y que no sirve de base para nada.


¿Encontraría hoy don Pío algún otro ejemplo?

2 Responses to "Hablemos de mineralismo, II"

J says
12 de marzo de 2009, 14:02

Cielos, Keternen, es un mineralismo en toda regla. Para ese barco del que hablas, nadie mejor que el vasco misántropo. La misantropía, por cierto, puede ser tan estúpida como la filantropía, o como ese buenismo que ahora predica la progresía oficial. Pero la de don Pío no tiene nada de imbécil.
Leyendo textos como estos (¿hace falta encomiar tu gusto y tu mala baba en la selección?) uno no puede más que admirarse sobre el esfuerzo titánico de alguien que, no esperando nada del género humano, se dedicó a escribir tanto y tan bien. Por eso lo que dices sobre la ternura no es ninguna tontería, desde luego.
Y ya por último: ¿no era Rousseau un verdadero psicópata, tal y como lo define la psicología moderna? Para muestra lo del botón, pero también habría que recordar su afición a dejar a sus propios hijos en la inclusa.
Saludos desde Siberia.

P. Keternen says
12 de marzo de 2009, 15:27

Víctor, glosas como si fueras a comerme, glosas glosas de mar, a dentelladas, etc.
Totalmente de acuerdo contigo en que la beatitud progre, alimentada eso sí por la opulencia, no sólo castra barojas sin cesar sino que les hace disfrutar de -en palabras del hombre malo de Itzea- "el optimismo de los eunucos" (qué buen título para un blog, por cierto).
Habrá que seguir hablando de mineralismo y de metaloides (con la supervisión de Miguel).