Literatura del miedo (y III)

No hay dos sin tres (que se lo digan a Hegel), y menos si se ha venido prometiendo una tercera parte para este post en la que se que evalúe, al margen del análisis crítico individualizado, el interés común por el miedo que se manifiesta en Derrumbe y El país del miedo. Lo que viene ahora no aspira a formular ninguna generalización teórica ni tampoco, como sugería Keternen con no se sabe qué aviesas intenciones, pretende esbozar un canon o una poética de la narrativa por la que uno apuesta: eso se lo dejaremos a los teóricos del nocillismo, que tienen tan claro lo que debe ser la novela del siglo XXI que solamente ellos van a ser capaces de escribirla. Lo que viene ahora son algunas notas de lectura que, con suerte, pueden servir para detectar sintonías entre dos libros y dos autores muy diferentes, aunque inmersos inevitablemente en la sensibilidad y las preocupaciones propias de su tiempo.



El vínculo más evidente entre estas dos novelas es su asunto principal, que es el que nos trae aquí, pero lo que más llama la atención no es tanto el qué sino el cómo de ese núcleo temático. Lo relevante no es que ambas obras aborden la cuestión del miedo, sino que lo hagan de una forma inequívoca e intensiva, hasta el extremo de desterrar la posibilidad de cultivar otros asuntos distintos (El país del miedo) o bien reducirlos a una posición marginal y subsidiaria (Menéndez Salmón). El miedo es motor de la acción en ambas novelas, explica el comportamiento de los personajes y fija el clima moral en que se desenvuelven. Pero además es también objeto de reflexión y, por consiguiente, alimento de un discurso digresivo que tiene una presencia notable cuantitativa y cualitativamente (más, por supuesto, en la novela de Rosa; en Derrumbe la reflexión, repartida en el discurso del narrador y en el de los personajes, tiene una naturaleza más aforística que analítica). Esta última coincidencia es quizá la que me resulta más llamativa y supone además otra conexión entre dos propuestas literarias que no pueden ser más diferentes.
Se podría interpretar esta necesidad del excurso reflexivo a la luz de la tendencia actual a la ruptura de géneros y transferencias entre moldes discursivos, pero eso no haría justicia a dos libros que son, ante todo y fundamentalmente, dos claras apuestas por la ficción. Yo interpretaría más bien este rasgo común como una respuesta lógica a la necesidad de abordar el tema del miedo desde una perspectiva ontológica. Ese punto de vista es el que parece reclamar la visión del mundo del hombre occidental, ése que apenas es capaz de percibir los privilegios de su opulencia, entre los que figura en lugar destacado la protección de los peligros ancestrales (la lucha por la supervivencia, los desastres naturales, la enfermedad) que proporciona el Estado. En lugar de conquistar la tranquilidad, esa abundancia tiene el paradójico efecto de amplificar la sensación de peligro y de aumentar la susceptibilidad a toda clase de temores: la seguridad (entendida como una barrera externa) tiene el extraordinario efecto de anular el valor.



Los miedos, así pues, han cambiado para ampliar sus formas y extender su radio de acción. A este nuevo estado de cosas intenta dar nueva forma artística la literatura, pero también el cine, y no precisamente con el género de terror sino con filmes de calado político, como los de Michael Moore, en los que parece no bastar la ficción. La ficción oculta los miedos auténticos con terrores falsos que el pacto ficcional disipa finalmente. Por eso se acude a la forma de un documental sometido a la estructura de argumentación, y dirigido por una clara voluntad de incisión política.
El miedo rebasa así su naturaleza tradicional de pasión humana que la literatura ha utilizado normalmente de una forma un tanto vicaria. Si leemos, por ejemplo, los dos ensayos que dedica Montaigne al tema comprobaremos que el miedo es para él un sentimiento pasajero y puntual, capaz de nublar el juicio de una persona (acaso el peor de los estados para él) pero que en cualquier caso responde a una causa localizable y proporcionada: el temor a la muerte o al dolor, en el caso de los soldados, o el temor a fantasmas o visiones espantables (un miedo este último que él asigna a la plebe y que, por tanto, no considera digno de su atención). La reflexión sobre el miedo permite acercarse a la condición humana, porque es una manifestación de la misma al igual que su antagonista, el valor. Pero no se puede decir que para Montaigne ostente rango de atributo esencial o rasgo distintivo del ser humano, sino más bien el de un reflejo coyuntural de su naturaleza imperfecta y sus limitaciones.
En consonancia con esto, la literatura se ha limitado tradicionalmente a constatar la existencia del miedo, a indagar en sus causas e incluso a tratar de infundirlo de esa forma controlada y catártica que prevé cualquier arte. Pero lo que encuentro en estas dos novelas es otra cosa. La cobardía en la literatura épica concernía a un aspecto circunstancial del hombre (la guerra, el duelo singular, la lucha por el poder); las leyendas tradicionales de fantasmas y vestiglos (y toda la literatura de terror posterior) hablan del temor del hombre a lo desconocido, pero al hacerlo trazaban una línea divisoria que permitía acotar y controlar el terror.



Pero lo que se hace en El país del miedo y en Derrumbe es otra cosa, porque el miedo no es una circunstancia o una experiencia puntual, ni es algo que se puede superar o purgar. Sencillamente se trata de una coordenada en la que se mueve el hombre actual, tan profundamente implicada en su visión de la realidad, en sus emociones, en su actividad social o en sus convicciones como lo era la religión para el hombre medieval. El miedo no es algo coyuntural sino estructural, de forma que modela la existencia de los personajes de manera más o menos determinista, al tiempo que sirve para definirlos de forma integral, no transitoria o metonímica. Como propone un personaje de Derrumbe, recordando a Hobbes: “El día que vine al mundo mi madre parió dos gemelos (…): yo y mi miedo”.

Este miedo, incardinado genéticamente en el hombre, está presente en todas sus facetas y actividades. En la novela de Rosa se presenta un análisis devastador en lo que respecta a su proyección moral, social y económica. En la de Menéndez Salmón también se atiende a su incidencia ética, aunque lo que resulta más interesante es su presencia como forma de conocimiento, o mejor dicho, como perspectiva extraña desde la que contemplar la realidad bajo un prisma diferente, acaso revelador o liberador. Al recordar Mortenblau sus días con Mara piensa:

El miedo, la capacidad de infundirlo, había sido para ella un estímulo, un aliciente, una prueba en favor de su fortaleza. Porque el miedo era hechizante, embriagador, sugestivo. Un hombre que propiciaba el miedo con su simple presencia, como un sanador que curaba con el tacto de sus manos. [pág. 169]



Que estas dos novelas acepten la presencia y el poder del miedo, que generen un discurso literario coherente con ese papel no implica, sin embargo, que lo asuman dócilmente. En las dos hay un espíritu de resistencia que se hace visible de varias maneras. A mí la que más me interesa es la que afecta a los personajes y a su representación como enfermos. En un momento de Derrumbe, Valdivia acepta que “al fin, sin mistificaciones e imposturas, habitaban la simple infección del miedo”. No encuentro una imagen más perfecta de lo que significa en nuestro tiempo el miedo más que esta idea de la enfermedad. Una idea falsa se puede combatir con la razón y una injusticia con un acto justo. Pero para una enfermedad moral, ¿qué medicina puede serle eficaz? ¿Cómo convencer al paciente de que su inocencia no es absoluta, que aceptó y favoreció la presencia del íncubo, y que no sabría cómo vivir libre de su tutela?
Estas dos novelas nos ayudan a formular con claridad estas preguntas, y en ello cifran su poder como revulsivo moral. Aunque solo sea por eso, sus autores merecen que sigamos con atención sus pasos por el estrecho desfiladero de nuestra narrativa. Ahí estaremos.

24 Responses to "Literatura del miedo (y III)"

P. Keternen says
30 de abril de 2009, 15:37

No esperaba menos de ti, Víctor, aunque el tema, como dices, no diera para más. Me marcho tranquilo al Calafate, sabiendo que el miedo por el viaje, por los crujidos del Perito Moreno, es la mejor salvaguarda de mi tobillo. Tienes toda la razón: como el aburrimiento y la inutilidad de las cosas, parece que nuestra especie necesita cierta dosis de miedo (de miedo real, no de ese inoculado por el poder). De eso Lansky sabrá lo suyo.
Sigo echando de menos al Hombre Menguante y su imprevisible vesania.
Nota: como en los glaciares no tendré wifi, a ver si te puedes leer tú la entrevista que le hace Vicente Luis Mora a M. Salmón, porfa.

V. Stlánik says
30 de abril de 2009, 17:19

Lo que quieres decir es que esperabas más.

Leeré las respuestas de esa entrevista.

A. Bettik

Buenos días.

Ya que mencionan la nocillería, no sé si habrán visto / leído a Julián Ríos en "El Cultural", ponderando a los finos estilistas que se agrupan al amor de Fernández Mallo... Tampoco dice Ríos gran cosa, más o menos algo así como que no se han de seguir las técnicas del XIX para narrar el siglo XXI.

V. Stlánik says
5 de mayo de 2009, 18:35

No lo había leído porque yo, cuando veo el nombre de Julián Ríos, me llamo andana, no sea que al tropezar con alguno de sus retrúecanos me abra la crisma ("o me abra a Krishna", que apostillaría el ínclito).
Con todo, no he podido resistirme y lo he leído, en atención a tus corteses comentarios. Así que he comprobado que, en efecto, lo que hace Ríos es una de esas aseveraciones lapidarias que, en realidad, no dicen nada.
No se puede escribir novelas como en el siglo XIX: ya. Hay que escribir novelas del siglo XXI al modo del siglo XXI: bien. ¿Cómo continúa esta secuencia lógica?: "Yo sí sé cómo se escribe la novela del siglo XXI. Se escribe más o menos como estos que cito a continuación (x,y,z). Por cierto, ¿adivinan quién es su maestro, su postergado precedente al que ni dios ha tomado en serio dizque por alguna larvada insidia crítica?".

Por cierto: ¿es posible escribir como en el siglo XIX? La respuesta podría ser afirmativa si se hablara, se pensara, se enfermara o se amara como en el XIX. Escribir es una actividad en la que se implica de forma integral el creador, de modo que para escribir igual que los novelistas decimonónicos habría que vivir sin electricidad, desconocer el cine, el psicoanálisis, la televisión, internet; habría que viajar en trenes de madera y hierro, tragando carbonilla. Y por supuesto: para escribir novelas del XIX habría que desconocer la novela del XIX, porque la perspectiva histórica desde la que observamos un periodo estético pasado no es la que tienen los que lo vivieron: el pez no tiene la misma experiencia del agua que el niño que lo contempla en una barca.

De los nocilleros tenemos intención de ocuparnos por extenso, aunque por ahora estamos haciendo acopio de lecturas y, sobre todo, de paciencia. De ecuanimidad no: desde ya admito (no sé Keternen) mi animadversión irreversible. Pero también tenemos curiosidad, tenemos ganas de ver hasta dónde llegan con su operación, en qué momento tirarán la toalla o tomarán la sartén por el mango o bien arbitrarán una honrosa retirada.

Aprovecho la ocasión para agradecerte en un solo lugar localizable tus distintas contribuiciones a este blog. He de confesar que aquí se respira todavía calma chicha, de modo que tus comentarios han entrado como fragmentos de metralla a los que es complicado responder de golpe. En cualquier caso, detectamos sintonía y criterio, así que el agradecimiento se eleva al cuadrado. Tan solo una recomendación: a Lansky no conviene soliviantarlo. Tengo entendido que cuando Clint anduvo por Almería él le enseñó tres o cuatro frases que luego hizo famosas Harry el Sucio. Solo que Lansky las dice en serio.

Gracias y hasta pronto.

Miguel says
5 de mayo de 2009, 19:07

¿Nocillerías? WTF? ¿Alguna corriente literaria post-algo, con guiños nostálgicos hacia la década de los 70 cual película de Javier Fesser, bombona de butano y negrito de Colacao? Con esos referentes culturales, ríete tú de Cavafis...

No os extrañe que no me haya enterado, a mi refugio subterráneo no llegan ni los ecos. Pero asistiré ansioso a la escabechina.

V. Stlánik says
5 de mayo de 2009, 20:26

No es exactemente eso (aunque algo puede haber). Todo el asunto surge con el pavo éste:

http://es.wikipedia.org/wiki/Agust%C3%ADn_Fern%C3%A1ndez_Mallo

que escribió el libro de autos:

http://www.candaya.com/nocilladream.htm

Notarás que no he puesto el nombre propio ni el título. Es una astuta estrategia para que no vengan aquí a zurear, porque todos los indies tienen la costumbre de programarse alertas de Google. Son alternativos a todo menos a ellos mismos.

Lansky says
6 de mayo de 2009, 8:19

Un día tendréis que hablar de la gente que os gusta en lugar de la que detestáis, para variar. Sí, yo también escribo mejor 'en contra de' que 'a favor de', pero lo segundo es más últil además de generoso. Aún así, los nocilleros no llegan al nivel...del Río(s) y sus juegos de palabras (no entiendo por qué le gusta a juan Goytisolo, que está en las antípodas de...Don Julián) En cuanto al asunto de escribir novelas al estilo del XIX, hay un problema ñadido, y es que ninguno de esos enanos tiene el talento de Stendhal.

V. Stlánik says
6 de mayo de 2009, 10:54

Creo que de momento guardamos un equilibrio, Lansky. Hemos comentado unas palabras de Vila-Matas, pero no hemos desacreditado de forma integral al escritor: más bien se ha utilizado una cita para hablar sobre una cuestión más extensa, que es el papel de la crítica en la actualidad. Hemos hablado de los microrrelatos, pero para discutir sobre si es pertinente considerarlos un género. Sin embargo, Keternen dejó claro que bajo ese apelativo existen muchos textos memorables.

Se ha hablado, por el contrario, de cosas que nos gustan: las novelas de Onetti, las de Francisco Solano, de Baroja, de Luis Mateo Díez, de Menéndez Salmón, Isaac Rosa... Que no lo recuerdes es otra cosa.

Y por último: no es nuestra intención demostrar que escribimos bien. Eso ya lo sabemos. Si el objetivo fuera la exhibición, no utilizaríamos seudónimos. Por otro lado, no tengo tan claro que sea más fácil escribir a favor que en contra, ni tampoco que sea más útil una cosa que otra, y mucho menos que sean excluyentes. Aquí nos interesa señalar a autores, obras y tendencias que nos gustan. Pero nos parece que la crítica exige una jerarquización y una cierta actividad censora que no debe limitarse al silencio. Los críticos, las revistas y los suplementos que se limitan a hablar de lo que les convence hacen solo la mitad de su trabajo, o bien se pliegan (por interés o desidia) a intereses extraliterarios: a río revuelto, ganancia de pescadores. No imagino que se pueda abrir un camino en la jungla sin el trabajo previo de desbrozar a machetazos.

Por último: ¿sería mucho pedir que aclararas eso de la generosidad?

A. Bettik

Hala, cuánto talento derrocháis por ahí arriba...

(He decidido pasar al tuteo, en vista de que se me tutea amistosamente).

Slátnik: comparto al... quizás 98 % tus afirmaciones sobre Ríos & Nocillaworld. Si se tercia, ya pondré el maticillo (minúsculo). Y eso que a mí Ríos no me termina de disgustar (obsérvese bien la perífrasis).

Miguel: no, los nocilleros son más bien... ¿Cómo decir? Collagistas, acaso, si se me permite el palabro. O mejor: cultura copypast de internet. Por supuesto, también esto es matizable (aunque no demasiado). Van de yo soy el más moderno de mi pueblo, chaval. Yo m'entero. Quizás estas toscas frases sirvan para explicar gráficamente su actitud y, en parte, su escritura.

Hace poco vi una entrada de un blog pro-noci sencillamente fastuosa: porque intentaba (literalmente) colmar las vaciedades narrativas mediante la argucia, propia de crítico hiperfetado, de citar muchos nombres más o menos ilustres y --¡no me creeréis!-- resaltarlos en negrita... Ay, Señor. Si encuentro el enlace, os lo paso.

Y sí también es posible poner bien a otros escritores, claro. Si no os importa mucho, ya echaré mi cuarto a espadas. Mira, una obra muy actual: "La verdad sobre el caso Savolta". Obviamente, pretendo ser un punto irónico... Pero es que la estoy releyendo ¡otra vez! y se sostiene muy bien. Más aún, si cabe, en estos tiempos de copypast narrativo.

Porque digo yo: si una de las características de los textos literarios es que perduran en el tiempo, en realidad se produce una especie de "simultaneidad", ¿no?, por lo que tampoco me parece demasiado perentorio estar al tanto de lo que se va publicando más recientemente.

Saludos.

A. Bettik

Muy interesante para el asunto éste del nocillaje:

http://elsindromechejov.blogspot.com/2007/01/nocilla-dream-agustn-fernndez-mallo.html

(Y no, malpensados, no lo he escrito yo).

V. Stlánik says
6 de mayo de 2009, 20:32

No es perentorio, no. De hecho está contraindicado en según que casos y momentos. Pero el vicio de la crítica tiene a veces esta modalidad que padecemos nosotros, y que nos lleva a fatigar las selvas (por supuesto, sin observar régimen de exclusividad).

Lo que dices sobre la simultaneidad es totalmente cierto. Somos contemporáneos de Dante, de tu Zabaleta y de mi (¿tu?) Gracián. Y esta verdad, ¿cómo la conjugamos con la exigencia de escribir conforme a lo que dicta, supuestamente, el tiempo en que se vive?

Disfruta de Mendoza, escritor que tiene en un altar en este blog. ¿Has leído a Miguel Espinosa? Alégrame el día.

Lansky says
7 de mayo de 2009, 8:24

Reconozco que lleváis razón, lo demuestra vuestro listado de menciones. Y reconozco también que la crítica al uso se limita a elogiar lo promocionable y a no dedicar ni una línea al "machete". Mis disculpas.

Por generosidad me refería a la idea de compartir los hallazgos, la belleza con otros. Pero también se puede llamar generoso al que te advierte que no pierdas tiempo con la basurilla de moda.

De lo que sí estoy convencido es de que para determinado tipos de talento, quizás superficiales como el mío, es más sencillo escribir 'contra' que 'a favor', como es más agradecido en el cine las interpretaciones de los 'malos' que de los planos 'heroes'.

V. Stlánik says
7 de mayo de 2009, 9:31

No vuelvas a hacer eso, Lansky. Me refiero a disculparte.

Leo habitualmente tu blog. Puedo decir con conocimiento de causa que tienes talento para contagiar el entusiasmo.

Lansky says
7 de mayo de 2009, 11:57

vale, muchacho, un momento de debilidad lo puede tener cualquiera, pero no volverá a pasar.

A. Bettik

Buenos días. Acabo de regresar de un viaje por el hiperespacio y veo que hay un recado por ahí que me concierne. Por breve, y si acaso ya matizamos en otra ocasión: amigo Slátnik, te alegro el día... a medias. Por mi nave espacial hay bastantes cosillas de M. Espinosa, alguna tríbada que otra, y creo que "Asklepios". Comencé "Escuela de mandarines", me reí a ratos, reflexioné otros, luego me perdí y pensé que debería volver a empezar... y ahí la dejé. No tengo una mala impresión de la novela, en absoluto. Pero tanto chino me superó. Y llegó un momento en que empezaba a resultarme repetitiva. ¿Pa' qué negarlo?

Y sí, a Gracián también lo tengo por mío. Pero no nos pongamos estupendos: no es una lectura de autobús, o para después de comer. Y, se diga lo que se diga, es un autor difícil.

Saludos a todos.

V. Stlánik says
12 de mayo de 2009, 23:02

Escuela de mandarines es, a su manera, un Criticón, e igual que la obra maestra de Gracián necesita a un lector provisto de tiempo, de ganas y de cierta actitud ascética. La novela de Espinosa (en la que, por cierto, no recuerdo ningún chino, aunque sí un solo personaje con nombre japonés) es una de las obras maestras de la narrativa española del siglo pasado. Universal y murciana, moderna, clásica, filosófica, crítica y política, lírica y todos los esdrújulos que quieras añadirle. Es tan grande como La saga/fuga de JB o como La ruina del cielo. Curiosamente, la grandeza de estas tres novelas suele rebasar el corto campo visual del que dispone la crítica (periodística y académica) que organiza parnasos y dispone rankings, y que suele silenciarlas o referirse a ellas con susurros o de esa manera críptica o subliminal tras la que a veces se oculta el desconocimiento absoluto o la postergación interesada.

En fin. Amanecerá y medraremos.

A. Bettik

Hola. Lo de los "chinos" a que ayer me refería era una manera de hablar... Quizás hubiera debido decir que me superó tanta "chinoiserie". Ello no supone, de entrada, una descalificación para la obra. No. De hecho, también añadía que su arrumbamiento final, en mi caso, se produjo precisamente por la intención de empezarlo de nuevo. Por una especie de emoción y densidad conceptual que a veces me dejaban patitieso, o casi literalmente sin aire.

Supongo, Slátnik, que sabes a qué me refiero.

Varias veces me ha pasado esto de dejar el libro con la mejor de las intenciones y no recomenzarlo nunca. En fin. Debilidades.

Respecto al "Criticón", sólo podría entonar panegiris, cosa que en parte ya has hecho tú. Y además creo bastante obvia, en este caso concreto. De modo que renuncio a loas justificadas, pero seguramente repetitivas.

Tras tus ponderaciones, volveré a Espinosa. Pero si sufro mucho, lo dejaré. Sin duda me perderé alguna que otra experiencia religiosa, pero a cambio pasearé un ratito más por el jardín...

A. Bettik

Hola. Más sobre el anocillamiento:

http://www.lecturalia.com/libro/30531/postpoesia

No sé qué pensaréis, si es que alguien le da un vistazo. Pero a mí lo que se dice ahí me parece ya muy viejo todo...

P. Keternen says
19 de mayo de 2009, 15:45

Fernández Mallo tiene la llave del nuevo paradigma. Yo mismo pude comprobarlo hace unos días. Impartía una clase magistral sobre la imposibilidad de medir los versos de forma tradicional. Trataba de explicar al auditorio que, desde el gato de Schrödinger, un verso puede existir o no al mismo tiempo y, por ende, lo mismo ocurre con sus acentos, con su medida, hemistiquios, etc. Aun suponiendo que pudiésemos congelar su estela, como hacen con los átomos en la Max Planck, los dedos que necesitamos para contar sílabas sufrirían la misma incertidumbre que el gato-verso, con la dificultad añadida de que su congelación provocaría consecuencias más funestas.
Para ejemplificar la teoría, les propuse hacer un ejercicio con un poema visual muy juguetón. ¿Podemos llamar poesía a esto? ¿Qué es textualmente este surco escritural?
El silencio confirmaba la convicción. Pero quise asegurarme.
Juan, le pregunté al gitanillo de la primera fila: ¿qué es esto?
-Jaaa, jefe, pos poesía, ¿qué va a ser?
Pos eso

A. Bettik

Ingeniosillo te veo, K.
Así que deduzo deduzo que no eres muy partidario... Los tiempos cambian que es una barbaridad, pero veremos qué queda de todo esto dentro de unos años. Y en concreto de este Mallo, que, por cierto, significa 'mazo, martillo'. A veces la realidad supera hasta a Galdón poniendo nombres significantes...

Recadito para Stlánik: me he puesto con Espinosa, Miguel. A ver qué sacamos en limpio.

V. Stlánik says
20 de mayo de 2009, 17:13

Puede pasar que te abraces la fe murciana, y no parar hasta recorrer a pata toda la Feliz Gobernación. Que lo disfrutes.

A. Betik

Querido Stlánik, te aseguro que perseveraré... en cuanto recupere "Asklepios", que es lo que comencé, y que no recuerdo dónde puse. Por el momento, y aprovechando que la melancolía primaveral me ha puesto cuerpo de poesía, entretengo mis ocios con Leopardi. Pero retorno a Espinosa así encuentre el libro. Que me estaba interesando, la verdad...

Saludos cordiales.

V. Stlánik says
26 de mayo de 2009, 16:04

Debe de ser una maldición gitana. Yo presté mi ejemplar de Asklepios hace unos 12 años. Y hasta hoy. Asklepios, el último griego, es un exiliado en el tiempo. Pero el libro en el que habla se empeña en extraviarse en el espacio.

¿Recuerdas al erudito local de Amarcord? Era un forofo de Leopardi. No sé por qué, lo tengo asociado a ese personaje y al color amarillo (que es el de la vieja edición de Júcar, con ese espléndido estudio preliminar de Antonio Colinas). Leyendo a Leopardi da como un poco de vergüenza nuestro Espronceda, ¿no te parece?

A. Bettik

Sííí, Stlánik, sííí, justo eso mismo pensaba yo unos días atrás, cuando busque, a posta, "L'infinito", porque me lo pidieron el cuerpo y la mente, y no pude evitar que se me apareciese el espectro esproncediano...

Para mayor inri, estoy con la edición de Júcar, precisamente.

Me ha hecho mucha gracia que a tu pobre "Asklepios" le sucediese lo mismo. El mío espero que aparezca...

Al final, va a empezar uno a creer en las sincronicidades y otras flores jungianas, visto lo visto.

Poco más. Ánimo con las nuevas secciones, como os decían por otro lugar. Y no, no recordaba al erudito local de "Amarcord". ¿Pa' qué mentir?