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"Vacío imperfecto" y la crítica prospectiva. Un experimento sobre el prejuicio.

Para P. S., impulsor de desvaríos

I. VACÍO PERFECTO

Habrán adivinado nuestros lectores que el título de esta nueva sección es una fácil alteración del de una obra de Stanislaw Lem, Vacío perfecto, recientemente reeditada en España. El libro, perteneciente a la serie denominada Biblioteca del siglo XXI, reúne una serie de críticas sobre libros inexistentes. Lem se sitúa así en la estela de Borges y sus protestas irónicas contra el “desvarío laborioso y empobrecedor” de escribir libros, sobre todo cuando existe la posibilidad mucho menos onerosa de “simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario”.

En el caso del escritor polaco se trata, por cierto, de una serie de reseñas sobre obras de una ambición desmesurada, a veces casi grotesca. Es el caso Gruppenführer Louis XVI, la epopeya de un puñado de antiguos miembros de las SS que pretenden –y lo más estimulante: consiguen- reproducir en una ignota selva americana la corte del rey francés, en un acto delirante de voluntad genesiaca. Otra de las novelas es Gigamesh, con la que su autor aspira a condensar toda la historia y la cultura de la humanidad mediante un cifrado lingüístico portentoso. Todos los libros reseñados por Lem hablan, en realidad, de un intento de crear el mundo o de explicarlo en su totalidad: dos tareas que, al fin y al cabo, se parecen bastante.

Será ocioso recordar que esta clase de juegos literarios cobran su sentido y su valor bajo la égida del paradigma posmoderno. Solo en ese contexto se puede entender que su inevitable carácter lúdico sea, en el fondo, una respuesta a la crisis absoluta en que se halla inmersa la civilización occidental a mediados del siglo XX, cuando en su pensamiento y en su arte empieza a cundir una sistemática desconfianza hacia la cosmovisión de la modernidad y el proyecto de la Ilustración, con todos sus herederos y variantes, incluidas las vanguardias.

En literatura, una de las consecuencias de esta desconfianza es la desmitificación del poder taumatúrgico del creador. Eso explica la sustitución de la obra por su reseña, es decir, el sacrificio del discurso literario, al que reemplaza el discurso crítico. Esta permuta permite situar al lector en una posición desde la que accede a los mecanismos y códigos propios de la creación artística. No obstante, al presentarse como el reflejo de un original cuya existencia es puramente conjetural, ese discurso crítico también se ficcionaliza.

Habría que advertir, sin embargo, que en Vacío perfecto toda esa compleja propuesta metaliteraria se elabora bajo el imperio del humor, y también, por qué no, con la vaga nostalgia de quien reconoce añorar la vieja confianza del creador en la validez de su palabra como fundadora de mundos.

II. HACIA EL VACÍO IMPERFECTO

Me he extendido un poco con el libro de Lem porque me parece imprescindible para explicar bien lo que, en la medida de nuestras pobres fuerzas y talentos, pretendemos hacer en esta nueva sección. El punto de partida es el mismo: Vacío imperfecto será una colección de reseñas sobre libros inexistentes. Pero aquí acaban las semejanzas sustanciales. Todo lo demás son diferencias. Para conocerlas, he aquí el

PENTÁLOGO DE VACÍO IMPERFECTO:

Los libros que se reseñarán no existen, pero sus autores sí. Se trata además de autores vivos que gozan de la edad y la salud necesarios para juzgar improbable su inminente deceso o su incapacitación para la creación literaria. No nos valdría, por ejemplo, Francisco Ayala, cuya provecta edad desaconseja aguardar un regreso a la creación. Tampoco nos vale Roberto Saviano.

Los libros comentados, obra de autores reales, vivos y pimpantes, no existen, pero (aquí viene lo importante) ¡VAN A EXISTIR! Porque lo que vamos a reseñar es, exactamente, el próximo libro de ese autor. Es por eso que el lugar que ocupan nuestras críticas no es el vacío perfecto en el que los textos de Lem adquirían su autonomía ontológica. El vacío al que lanzamos nuestras críticas es provisional y vicario, acechado por la incierta llegada del verdadero libro que ha de delatar su condición apócrifa. El lugar en el que operan nuestros textos es, por tanto, un vacío imperfecto.

Esto justifica la elección de autores vivos y que no hayan decidido abandonar la literatura. Deben ser, además, relativamente conocidos, para que nuestro experimento no sea más solipsista de lo que ya va siendo. Es muy importante, además, que el elegido no haya divulgado el contenido de su próxima obra, una sinopsis de su argumento o una indicación sobre sus personajes, ambientación o subgénero. En suma: no queremos que nos facilite la tarea.

Como se puede advertir, estamos pensando en obras narrativas, sobre todo novelas (aunque no excluimos, por supuesto, el cuento). La poesía no entra de momento en nuestros planes, por una razón muy sencilla: reseñar el siguiente libro de un poeta entraña poco riesgo, pues su contraste con el libro real, cuando aparezca, no reflejará disonancias tan claras y notorias como las de una novela. De hecho, en muchas ocasiones, cuando contrastamos dos críticas reales sobre un mismo poemario da la sensación de que una de las dos habla en realidad sobre otra obra. Y otras veces, cuando además se lee el libro reseñado, se comprueba que ninguna de las dos críticas hablaba en realidad sobre él.

De lo dicho en el apartado anterior se infiere que la labor de Vacío imperfecto no se acaba con la elaboración de una crítica sobre un libro-que-no-es-pero-será. Hay una SEGUNDA PARTE en este experimento, mucho más ingrata y onerosa, pero con la que nos comprometemos con esa alada gratuidad con que el ser humano acepta las empresas más formidables. ¿Que a qué me refiero? Pues a la tarea de contrastar lo se expone en la crítica prospectiva con la realidad del libro publicado. Nos comprometemos, mal que nos pese, no ya a leer los libros reales, sino a elaborar un informe lo más pulcro, objetivo y serio que nos sea posible sobre nuestros aciertos y errores. Al final de ese trabajo tendremos que hacer una evaluación más cualitativa que cuantitativa, conforme a los objetivos que exponemos en los siguientes apartados.

NUESTRA VOLUNTAD NO ES LITERARIA, y si alguien percibe lo contrario, se equivoca. Una recensión crítica típica incluye elementos tales como una síntesis del argumento, un esbozo de los personajes, una contextualización de la obra lo más precisa posible y una valoración de sus virtudes y defectos. Si la obra que da pie al comentario no existe, el texto crítico, con todos los ingredientes mencionados, se convierte en una ficción literaria: es lo que ocurre con las reseñas de Lem, o las que hace Borges en “El acercamiento a Almotásim” o en el “Examen de la obra de Herbert Quain”.

Las de Vacío imperfecto solo son provisionalmente ficticias, pues al fin y al cabo están condenadas a encontrarse con su referente, las novelas futuras y reales de los escritores seleccionados. Al confrontarse con ellas, lo que era ficción se convierte en mentira; la fábula se transforma en error y fracaso. Pero, ¿y si coincide en algún aspecto con la obra imaginada y reseñada con la obra real? El verdadero propósito de la sección no es, en realidad, jugar a una especie de lotería literaria, sino encontrar elementos de reflexión tanto en los aciertos como en los errores. De eso trata el punto 5º y último.

La ambición de Vacío imperfecto pertenece en exclusiva al dominio de la crítica literaria. No negamos que el punto de partida tiene algo de broma: el juego es, de hecho, el combustible de esta sección. Pero el componente lúdico no repele una intención más seria que tiene que ver con LA CUESTIÓN DEL PREJUICIO. Aquí es donde queríamos llegar.

En la trastienda de cualquier juicio literario suele haber, de forma manifiesta o larvada, una predisposición, lo que en ocasiones no deja de ser una forma atenuada del prejuicio. Negar este hecho sería tan necio como renunciar a los hallazgos que puedan derivarse de gestionarlo con inteligencia, con el agravante de que, además, resultaría deshonesto. Es imposible que un crítico afronte su tarea desde la absoluta inocencia, porque su propia formación, la obra anterior del autor sobre el que escribe, el género al que pertenece ese libro, la tradición en la que se inscribe… todo, en definitiva, cuanto rodea el acto de leer y la actividad de interpretar y juzgar afecta de forma integral al ánimo del comentarista. Eso incluye también una dimensión irracional que se manifiesta en forma de inercias de adhesión, rechazo, indiferencia o interés bajo las que el crítico ha de trabajar, y que se refleja finalmente en lo que escribe.

En mi opinión, el buen crítico no es el que lucha por anular sus prejuicios (labor que, ya hemos dicho, es imposible), sino el que trabaja para conocerlos, el que elimina los más atrabiliarios, el que los enriquece con su inteligencia y sus conocimientos: ¿a qué otra cosa podremos llamar “educación del gusto”? Buen crítico será, en fin, quien sepa integrar esos prejuicios en un sistema que represente su propia concepción, global y articulada, de la literatura.

Las reseñas prospectivas de Vacío imperfecto son una forma de analizar nuestros propios prejuicios de una forma creativa y dialéctica. Creativa porque nos impone la obligación de situarnos en el lugar del escritor, anticipando su obra con la base insuficiente de nuestras expectativas personales. El resultado, por supuesto, no será tan afortunado como el de Pierre Menard (entre otras cosas porque somos infinitamente más perezosos y menos escrupulosos que él), pero al menos tendrá la humilde virtud de la honestidad. Escribir sobre la obra aún no leída supone un streptease del prejuicio, su intemperie absoluta. Por el contrario, cuando se somete a juicio algo que se ha leído es mucho más fácil maquillar la influencia de esas ideas previas, que muchas veces obligan a retorcer la realidad del texto para confirmarlas sin que el lector perciba esa maniobra.

Decíamos también que este ejercicio entraña una actividad dialéctica, además de creativa. La dialéctica surge del contraste entre la predicción y el suceso literario. Previsiblemente, los detalles sobre el argumento y la trama, los personajes, ambientación e incluso el subgénero que prevean las críticas apócrifas chocarán una y otra vez con la realidad tozuda del texto real. En cambio, los intereses temáticos, el universo moral, los principales rasgos del estilo, la inclinación por el realismo o la fantasía y otros aspectos genéricos o estructurales pueden preverse con mayores posibilidades de acierto. En cualquier caso, esta actividad dialéctica de contraste tiene como principal propósito el calibrar el peso de nuestros propios prejuicios, su naturaleza y su validez. Por eso servirá para confirmarlos, para modificarlos o anularlos, en todo o en parte. De eso habrá que dar cuenta.

[Arengando a las masas tortugófilas. Foto graciosamente cedida por Miguel]

En ningún caso nos mueve el ánimo parodiar o ridiculizar: si así fuera, prescindiríamos del momento comparativo de nuestro trabajo, porque una caricatura siempre tiene más fuerza cuando actúa lejos de su modelo. Y si se diera el caso improbable de unas coincidencias masivas no se nos podría acusar de malevolencia; al contrario, habría que censurar a un autor con un mundo tan pequeño que solo puede recorrerlo pisando huellas ya marcadas. En cualquier caso, procuraremos mantener un tono general de contención, tanto en los casos de elogio como en los de censura.

AL TAJO

Es el momento de dejar la teoría y empezar con la práctica. Solamente resta añadir una última consideración. Para eludir nuestro propio hastío intentaremos introducir algún elemento sorprendente ¡incluso para nuestras ideas preconcebidas! Imagínense un Javier Marías ensayando un drama rural en la Galicia del XIX, una Almudena Grandes que embarca a sus personajes en una nave espacial, un Muñoz Molina que se anima a resucitar el nouveau roman.

De momento mantendremos a raya nuestro atrevimiento. Por eso hemos decidido empezar desde abajo, eligiendo un autor facilito que ofrezca algunas garantías de éxito en el momento B del ejercicio. ¿Saben ya de quién les hablo? ¿Sí? Pues, efectivamente, de ese mismo.


Próximamente...



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La tortuga celeste y el microrrelato: ¿Oportet haereses esse?, I

El pasado sábado, en su columna semanal del suplemento cultural del ABC (“Comunicados de la tortuga celeste”), Andrés Ibáñez sacó a la palestra una invectiva contra el microrrelato que ha levantado ampollas (pocas, no vayan a creer). Una golondrina no hace verano, pero el texto del excelente novelista, ya sea por su intención provocadora y su tono mordaz, ya sea porque se suma a otras incrédulas voces recientes (la de José Luis García Martín o la del mismísimo Javier Marías) o porque simplemente resulta fácil atacar a uno de esos autores secretos cuyo reconocimiento social nunca sonrojará al que le impone las orejas de burro, ha espoloneado hasta tal punto a las hordas de microrrelatistas (reconozcamos ya que es difícil encontrar lectores puros de microrrelatos) que han hecho piña y cruzada común en blogs cómplices (con piel de condescendientes) para proferir graves descalificaciones, por torpes, infundadas y hasta soeces, hacia el autor y su obra (¿por qué no lo harían contra Javier Marías?).



Aunque hemos declarado en varias ocasiones nuestra admiración por Andrés Ibáñez, no son la conmiseración o el revanchismo los que nos mueven a recoger su testigo. Esa segunda parte de las polémicas en la que aparecen el “y tú más” o el “rebota, rebota y en tu culo explota” (véase, en este sentido, la réplica del profesor Fernando Valls aquí), tan rentable para sumar lectores y desintegrar en la polvareda de la porfía las razones de la misma, no encaja con nuestro estilo (así nos va) ni casa con nuestra credulidad: al parecer, Fernando Vals le presenta libro a Andrés Ibáñez el próximo mes en Santander. A nosotros lo que nos interesa es hablar de mineralismo, por eso quiero retomar los dos argumentos principales con los que Ibáñez cuestiona (en el reducido ámbito de una columna) esa fórmula narrativa tan de moda que viene siendo el microrrelato.



Los microrrelatos “no son un género narrativo”, sostiene el autor de El mundo en la era de Varick; no son literatura, no son nada, añade también iracundo, aunque luego atenúa la fuerza del último axioma con las excepciones de rigor. El microrrelato no es un género narrativo. He aquí el cogollito teórico. Negar su estatuto genérico supone negar (con perdón de Benedetto Croce) su nombre, su identidad. Pero, ¿podría ayudar a los microrrelatistas alguna de las teorías sobre los géneros literarios? Veamos.

Desde una concepción clásica, ciceroniana, del género como forma artística ideal, parece claro que no se puede justificar su singularidad. Por los medios, por los objetos y por los modos de imitación, el microrrelato simplemente hermana con el género narrativo. Tampoco la modalidad, el estilo o el decoro lo ayudan a distinguirse. Aunque siempre se podrá replicar que tampoco el cuento se diferencia así de la novela. Vale. Sigamos.
¿Nos ayudará Brunetière (dejemos a Hegel para luego), su teoría evolucionista y positivista de los géneros, cómoda y rentable para la industria y el mercado del libro, a singularizar el microrrelato? Para comulgar con esta opción, habría que consentir que el género ha tenido, que tiene, una evolución histórica, porque como una “especie” más de la Naturaleza está sometido a un proceso de diferenciación.



Los teóricos del microrrelato (los hay, aunque los microrrelatistas furibundos, con sus tristes argumentos, los conviertan en leyendas urbanas) afirman la mayor. Y esgrimen varios argumentos, cada uno de ellos con sus correspondientes dificultades, para justificar la evolución del género. A favor de su abolengo, se sostiene que el microrrelato hunde sus raíces en la noche de los tiempos de todas las civilizaciones. Sin duda, este es el argumento más laxo. En primer lugar, porque los ejemplos que se aducen subrayan precisamente la característica más inestable del microrrelato: su carácter híbrido, su talante de cajón de sastre (la mayoría de esos ejemplos son aforismos, cuentos populares, chistes, poemas en prosa…). En segundo lugar, porque la casta, por ilustre que sea, no implica, per se, la evolución (trabajo con gitanos). Parece claro, por otra parte, que el microrrelato (tal y como se nos vende) es un invento moderno.
En este sentido, también los teóricos han querido afinar más y, en el ámbito de la narrativa hispánica, han establecido unos claros inicios: la antología de Bioy Casares y Borges, Narraciones breves y extraordinarias; o, quizás con más tino, como hace José Mª Merino (la defensa más cabal del microrrelato, y creo que esto revela la naturaleza del asunto, la han hecho los escritores de cuentos), se ha situado el nacimiento del presunto género en el Modernismo, cuando Rubén o Julio Torri heredan el furor experimentalista del modernismo francés. Kafka sería el motor del microrrelato occidental contemporáneo.



“Honorables inicios”, como dice A. Ibáñez. Pero hay que convenir con él (con su elipsis, en este caso) en que de nada sirve fijar una evolución si no hay una “especie” que la sufra. Con lo que llegamos a la cuestión principal: ¿Qué diferencia al microrrelato del cuento? ¿Qué lo convierte en una forma narrativa singular?
Su extensión, es la respuesta fácil, obvia. Sin embargo, nadie duda de que este es un criterio muy pobre; a mí me cuesta admitir, por ejemplo, como hace Lagmanovich, que La migala de Arreola o Continuidad de los parques de Cortázar –cuentazos– sean microrrelatos. La estructura interna, la función de los diálogos, la importancia de los finales abiertos o cerrados, la esencialidad, su proximidad con la lírica, la importancia de la metaliteratura…; todos los aperos narrativos que se quieran alegar a la causa son los mismos que caracterizan al cuento.
No encuentro argumentos taxonómicos, histórico-evolutivos ni técnicos que me convenzan de que el microrrelato es un género narrativo. El propio J. Mª. Merino defiende el género mientras afirma que

Uno de los problemas de la denominación viene en la dificultad ontológica, del propio ser. La verdad es que no sabemos. Podemos decir que son pequeñas piezas escurridizas.

¿Es que habrá entonces razones de otra índole? ¿Quizás desde el punto de vista creativo supone el microrrelato una “invitación a la forma” y por tanto, con Claudio Guillén, debemos admitir parcialmente su entidad genérica? Esta respuesta es algo más compleja y con ella nos acercamos al segundo argumento de Ibáñez, en el que reside el verdadero motivo de la pandemia.



Para responder a esta cuestión, rescatemos a Hegel y al formalismo ruso. Desde una perspectiva romántica, los géneros literarios son formas concretas de conocimiento mediante las que se representa de manera simbólica el ideal de belleza de una época. Sin duda, el mito del microrrelato (Ibáñez dixit) se ve avalado por esta óptica: su extrema brevedad, su fácil consumo (una falacia), su exaltación de lo breve, su capacidad para integrar con elipsis o con guiños para iniciados códigos artísticos diversos, etc., harían del microrrelato cifra y compendio de la cosmovisión contemporánea. La segunda parte (el género como forma de conocimiento) podría aceptarla, la primera (el género como representación ideal de belleza de un estadio histórico y cultural) no.
Y los formalistas rusos, ¿qué pueden aportar para dilucidar la cuestión? En mi opinión, mucho. Sobre todo la conocida teoría de B. Tomachevski sobre los géneros, popularizada y sintetizada por Lázaro Carreter (como a estas alturas ya nadie estará leyendo esto, transcribo sus palabras a través de Estébanez Calderón):
[El género literario es] un conjunto perceptible de procedimientos constructivos, a los que podrían llamarse «rasgos de género». Estos rasgos constituyen un esqueleto estructural que yace bajo las obras concretas de ese género, las cuales pueden poseer rasgos propios, pero siempre subordinados a los dominantes. Cuando esos rasgos propios se hacen atractivos para otros autores, pueden convertirse en principales y ser centro de un nuevo género.




Desde este punto de vista, puedo aceptar que el microrrelato sea un género, pero un género –al menos por ahora– metonímico (un concepto demasiado abstruso). Se puede admitir que determinados autores de cuentos (Kafka, Borges, Arreola) han sometido al género cuentístico (en momentos puntuales, sin renegar de su propia visión del mundo y del hecho literario) a un ejercicio de depuración extrema, y que esa depuración (sólo de la depuración) la han convertido otros autores en un rasgo principal, en un nuevo género. Siguiendo el razonamiento de esta teoría, los genios podrían cambiar los cánones dominantes (el ejemplo clásico de la novela picaresca) mientras que los epígonos sólo prolongarían la vigencia del género hasta hacerlo estereotipado. Pues bien, si sabemos lo que perpetúan los epígonos sabremos cuáles son los rasgos sustanciales del género (si sabemos qué anticuerpos tenemos, sabremos a qué bacterias hemos albergado o albergamos). La respuesta es que, en el 99,9 por ciento de los casos (tal vez menos), como dice Ibáñez, reproducen clichés, solecismos y sorpresas tontas. Y respetan la brevedad extrema. Por tanto, el rasgo sustancial del microrrelato, aquello que no lo distingue claramente del cuento, es su tamaño. Tengo por cierto que cuanto peor es el microrrelatista más breve es su pieza (sí, las excepciones de rigor, pero estas, si se fijan, siempre cuentan con el amparo de otras piezas con las que completan el sentido, caso de las Muertes ejemplares de Max Aub o de las greguerías de Ramón, o con el plus que ofrece la visión del mundo de su autor expresada en otros textos, casos de Arreola, Merino o Kafka). Tal vez por este motivo solo los autores serios de cuentos defienden con razones cabales el microrrelato. Se defienden como microrrelatistas aunque no sepan lo que es un microrrelato. Se legitiman como cuentistas ambiciosos.



Pero entonces, ¿por qué existe –con éxito- algo que no existe? Por los epígonos, por aquellos a los que Andrés Ibáñez (que, como nosotros, por cierto, también aviva la llama de la falacia) denomina con acierto los diletantes. Pero de ellos y de los pilares sociológicos del microrrelato nos ocuparemos en otro post.

Nota: las fotos las hizo Keternen desde una silla de ruedas en los Museos Vaticanos y apoyado en sus muletas en el Panteón. Utilizó un teleobjetivo y un gran angular, respectivamente. Ninguno de estos mosaicos deslumbrantes da fe de la grandeza de Roma.

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Hablemos de mineralismo, I


Es domingo, se acaba la condicional, llueve, acompaño el desayuno con el Babelia de ayer. Leo a Rosa Montero, una fresca incorporación del suplemento cultural; se ve que están dispuestos a retomar el rigor crítico. La generosidad de Rosa, que hasta las entretelas de su corazón pone al servicio de la exégesis del texto, me conmueve: “De adolescente padecí algunas crisis de angustia que hoy agradezco, porque me permitieron asomarme por un instante al abismo interior e intuir la extrema desolación de ese paisaje”. Me consuelo pensando en que nunca más volvió a asomarse a ese yermo territorio interior.



Como Rosa, intento alejarme del pozo. Es el primer domingo del mes: abren los centros comerciales. Podría comprar unas bonitas lentes de colores para distinguir la primavera en el aguacero dominical. Busco en el
Arte poética de Borges (reunión de seis conferencias sobre poesía que pronunció el argentino en Harvard durante el curso 1967-1968, publicado por Crítica en 2001), uno de esos libros de cabecera que restañan la hemorragia del lector de suplementos culturales. Ya está, me quedo con una imagen para salvar el domingo lluvioso que ha acabado con la ilusión de la primavera: Borges recuerda el momento de Weir of Herminston, la última novela de Stevenson, en el que el protagonista está a punto de enamorarse, en una iglesia de Escocia, de una chica preciosa. Sabemos que está a punto de enamorarse, precisa Borges, porque “la mira, y entonces se pregunta si existe un alma inmortal dentro de esa figura bellísima, o si sólo es un animal del color de las flores”.




Pero hoy no me sirve. Me he levantado con el pie izquierdo (soy zurdo de pie, pero desde hace tiempo tengo ese tobillo “esguinzado”) y he desayunado con prisa, así que ya no hay bálsamo que valga; lo mejor es entregarse a la bota malaya e inaugurar la sección “Hablemos de mineralismo” (recuerda).
Esta sección recogerá algunos de esos textos inclementes que han levantado de nuestro ánimo una turbia marejada; versos, frases, diálogos, mensajes que nos han golpeado con su verdad como si nos los hubieran comunicado unos heraldos negros

[…]
Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!

De
Los heraldos negros, de César Vallejo


También la literatura da golpes de ese calibre, aunque no estén de moda. Golpes que actúan en nosotros como los “cinco puntos de presión para hacer explotar un corazón” de Kill Bill vol. 2
(minuto 3:13 y siguientes)




Un impacto certero en el sitio preciso, un veneno mortal; después, el tiempo que media entre el corte y la sangre, solo esperar el desenlace previsto. Así funciona la cicuta sin pócima de esos textos cuya mayor perversidad (y por tanto grandeza) radica en no avisar de cuándo actuarán sus componentes tóxicos, de cuántos pasos serán necesarios para que nos estalle al fin el corazón.>/span>

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